El ciempiés

"Johanne Sacreblu" o la necesidad de Discutir a ladridos

  • Hace años, una amiga me contaba acerca de lo infeliz que era en la relación que había forjado con su entonces (y actual) pareja. Hablaba sobre todo el daño que él le había hecho y las oportunidades y flexibilidad que ella tenía para dar lo mejor en cada ocasión. Meses después de esa última conversación, me buscó para contarme cuánto lo odiaba y que deseaba empeñarse en hacerlo infeliz de la misma forma que él lo hizo. ¡Esa era su meta vital!
  • Otro ex amigo mío vivía obsesionado con reciclar añejos sentimientos preparatorianos de rencor que le quedaron de un tiempo en que ambos éramos personas completamente distintas. Apelaba a argumentos que más bien intentaban ser zancadillas emocionales; como no obtenía respuesta, se replegaba y más tarde regresaba para atacar desde otro ángulo que, según él, era más agudo.
  • Un par de periodistas de pseudoizquierda controvierten sobre las posturas fascistas y xenófobas de Trump con relatos como: “¡A ver ora que se incendió California!, ¡A ver qué van a hacer con tanta deportación! ¡¿Quién les construye sus casas?! ¡A ver ora que reconstruyan Los Ángeles los ricos!”.
  • Una mujer colombiana publica una canción donde hace alusión a la presunta infidelidad de su entonces pareja, detallando escenas y asuntos que llegan al extremo de la autodegradación y convierte su supuesto asunto en una polémica internacional y un éxito mediático que no ha cesado desde hace más de un año.
  • Un director de cine francés levanta polémica nacional luego de que su última película fuera ovacionada entre supuestos foros de especialistas en cine a lo largo del mundo. La película en cuestión es totalmente imprecisa en sus alusiones y está basada por completo en estereotipos anacrónicos y en una ignorancia evidente sobre el lugar donde se desarrolla: México.
  • Una creadora de contenido publica una supuesta producción satírica que “responde” a las imprecisiones de una película mala de por sí, con argumentos, situaciones y estereotipos intencionadamente ridículos, con la intención de generar una contranarrativa que visibilice lo injusto de que Emilia Pérez sea una película que… exista. Algo así. 

¿Qué es lo que prevalece en estos, y los millones de ejemplos que saturan nuestras conversaciones? Una intención casi colectiva de enrolarse en discusiones aparentes, superficiales y fútiles. También una tendencia a bordear lo más posible los problemas reales, hasta extremos ridículos y nocivos.  

El ataque de Occidente a la idiosincrasia mexicana

El contexto es bien conocido: la película Emilia Pérez, dirigida y escrita por Jacques Audiard, es un compendio de ambiüedades culturales, malas actuaciones que rayan incluso en lo vergonzoso, fotografía mediocre y un guión abiertamente flojo. Una película irrelevante en todos los aspectos.  

¿Es la primera vez que surge algo tan horroroso? ¡Claro que no! El cine occidental, en casi todos sus géneros (incluso el documental), se caracteriza por atributos similares: Es caro, xenófobo, insustancial e irrelevante.  

“Emilia Pérez es un compendio de ambigüedades culturales, malas actuaciones que rayan incluso en lo vergonzoso, fotografía mediocre y un guión abiertamente flojo.”

Escena icónica de "hombre en llamas" e filmada en calles de la colonia Roma CDMX

Por ejemplo, en 2004, la película “Hombre en Llamas”, que trata sobre un agente afroamericano encarnado por Denzel Washington que rastrea a una banda de secuestradores en CDMX para recuperar a una niña rubia rica, se convirtió en el número 1 de taquilla de ese año. La película es entretenida, pero francamente mala y, sin entrar en más detalles, estereotípica. Pero le fue muy bien; no parece haber incomodado demasiado.

En 2018 se estrenó Narcos: México, una serie méxico-americana distribuida por Netflix, donde se pretende narrar, desde la perspectiva de la DEA, la historia del narco en México y su crecimiento durante los últimos 50 años. Aunque la serie goza de buenas actuaciones, un guión sólido y más o menos documentado, y muchos otros elementos que la hacen un contenido interesante, es en muchos sentidos vaga, miope y tendenciosa. La línea narrativa de este contenido se dirige a establecer que los narcos mexicanos, por algún motivo, se han abierto paso en el mundo y especialmente en Estados Unidos, muy a pesar de los generosos y constantes esfuerzos del gobierno norteamericano y la DEA… Es decir, sabemos lo que el gobierno norteamericano y la DEA son, ¿no?

La lista es interminable, pero en 2019 surgió una película que en mi opinión destaca, ya que a pesar de su vaguedad discursiva y lo que siempre he considerado un guión basado en el desconocimiento por desprecio y otros muchos detalles, tuvo en general un buen recibimiento del público nacional, incluso premios por ahí. El mexicano Gael García Bernal se estrenó como director con “Chicuarotes”, una película que pretende retratar, con una historia al estilo del canal de las estrellas, la supuesta realidad de los pobladores de San Gregorio Xochimilco. Una historia tan poco sólida que bien pudo ser grabada en Nezahualcoyotl, como en Oslo, como en París, y conduce a sus personajes, durante el buen rato que dura, a pasar por situaciones que se le van ocurriendo a García casi de forma aleatoria, pero que no culminan ni llegan a un punto en particular. ¿No debería ser escandaloso que un supuesto cineasta nacional (cineasta por privilegio, no por carrera) hable de manera tan imprecisa y poco fiel de un contexto que conoce sólo de segunda mano? Al parecer no, sólo porque se trata de Gael García Bernal.

Gael García Durante la filmación de "Chicuarotes" en el pueblo de San Gregporio Xochimilco.
Gael García, durante el rodaje de Chicuarotes. Imagen extraida de "El canal de las estrellas"

Pero... ¿Qué necesidad?

 

Me obligué a ver Johanne Sacreblú, solo para poder confirmar algo que a primera vista se intuye, pero que además se declara cuando leemos “Un Homenaje a Emilia Pérez”. Si bien hablar de Emilia Pérez vale poco la pena más allá de lo que ya sabemos, esta supuesta sátira es mucho menos que eso. Un humor mexicanizado de clase media, burdo, forzado a parecer mordaz, pero poco eficaz en su contenido. Vacuo en términos generales, pero muy exitoso a nivel digital y mediático.

Es importante ignorar quién produjo esto, y el nombre de los participantes de esta pieza no es relevante tampoco, pues no se trata del “quién” sino del “¿Qué pedo con esto?”. Lo que está en el trasfondo, es lo que considero interesante de analizar, porque, como intenté ejemplificar al inicio de esta columna, forma parte de lo que parece ser un síntoma de nuestra cultura. Si retomamos el motivo de todo este revuelo, una pregunta que considero conveniente desarrollar es: ¿Vale la pena responder a cosas como esta película?

En términos de comunicación, la acción de interactuar como respuesta a un estímulo equivale simbólicamente a otorgar validez a este. Nuestra respuesta puede tomar el valor e intensidad que consideremos necesarios, pero el nivel de intensidad que apliquemos en esta determina en gran medida la trascendencia que estamos otorgando a este estímulo. Si nuestra respuesta es potente, significa que, en efecto, consideramos el estímulo como algo suficientemente relevante. Ahora, ¿Es Emilia Pérez suficientemente valioso para ocupar nuestras reflexiones e incluso trastornarnos a nivel idiosincrático? Me parece que Emilia Pérez, como mucho, es sólo relevante para hacer unos cuantos memazos.

Pero suponiendo que lo fuera (trascendental); claramente la realizadora de esta casi sátira lo consideró como algo suficientemente importante para realizar su “respuesta”. No solo ella, sino todas las millones de personas que han reaccionado, respaldado, compartido y carcajeado con este contenido, se sienten representadas con esta visión. Y especialmente complacidas con este formato de respuesta que yo llamo “Discutir ladrando”.

Una vez que asignamos un valor al estímulo que recibimos, la manera en que respondemos a este determina muchos rasgos nuestros, especialmente nuestra inteligencia comunicativa, que podría ser incluso no verbal. Tomando en cuenta que Emilia Pérez es una película esencialmente ofensiva para la cultura mexicana, pero también una película pobre por muchos otros motivos: ¿Es responder a una presunta ofensa con otra, una posición inteligente? Considero que no. No solo es formular un supuesto discurso en el mismo nivel del anterior, sino participar de todo debate en esto, tiene además tintes auto degradantes. 

Esa tendencia de discutir a ladridos

Una de las escenas más supuestamente "mordaces" de Johanne Sacreblu

El revuelo que la anti-sátira de Johanne Sacreblu ha estado generando en redes y a nivel mediático durante las últimas horas me parece un síntoma preocupante de nuestras cualidades críticas como mexicanos, y de nuestra identidad cultural, que a menudo tiende a ser más bien superficial en términos “humorísticos”. Responder con supuesto ingenio y “picardía mexicana” a un gesto de desprecio explícito es, en mi parecer, por lo menos indigno, pero pueril como una batalla de raperos o  una pelea de chismógrafo en la secundaria; degradante como un certamen de belleza; corto como un debate entre youtubers; pero además, en su contenido sumamente pobre.

Lo que es más, el vuelco de apoyo en masa a este contenido, como una señal de humor y orgullo mexicano, confirma para mi grandes hallazgos de las maneras en que, como cultura, solemos conducirnos e interactuar, especialmente frente a situaciones adversas que, en mi opinión, requerirían un poco más de inteligencia que el simple humor Derbezero con el que Emilia Pérez obtiene un presunto posicionamiento por parte de la sociedad mexicana.

Me diría el sofista del pueblo: -Lo que tú tienes, es envidia. ¿Lo podrías hacer mejor? ¿No veda?.

Y es que, sería suficiente con nunca haber hecho ninguna de ambas ocurrencias. No hay manera de hacer bien algo que desde su concepción, es trunco, tampoco hay motivo para discutirlo. 

En retórica, se conoce como “Falacia” a un discurso que podría parecer valido a simple vista, pero carece de elementos lógicos para serlo. Todo este trend de Emilia Pérez, pero especialmente su “respuesta desde “Johanne sacreblue”, esta lleno de ellas.  Discursos falaces no solo en uno, sino en varios niveles. Diría que es una especie de Oda.